sábado, 21 de octubre de 2017

La cuchara menguante. 5) Los elementos de la guerra

Cuando pedí resumir el capítulo 5 solo conocía su título y nada de su contenido, así que me imaginé que tal vez trataba, al menos en parte, del cloro y de Fritz Haber… y, a diferencia de lo que le ha pasado a Conxi, ha sido así :P Y fue grato, ya que he tenido la oportunidad de “coincidir” en varias ocasiones con este químico, cuya figura alberga las dos caras de la moneda. De hecho, en mi blog tengo dos entradas básicamente dedicadas a él (al final pongo los links).

El autor del libro sitúa las primeras guerras químicas, aunque sin éxito, en la antigua Grecia. Durante siglos no evolucionó ni logró mejorar el arrojo de aceite hirviendo desde las almenas. Y no fue hasta la Primera Guerra Mundial cuando empezaron a emplearse agentes químicos para hacer daño de forma consciente. Aquí es donde entra en escena el químico alemán.

Esta entrada está alojada originalmente en el blog "Tertulias literarias de Ciencia" como parte del resumen del libro de divulgación científica "La cuchara menguante": https://tertuliasliterariasdeciencia.blogspot.com.es/2017/10/la-cuchara-menguante-5-los-elementos-de.html


Fritz Haber y el cloro

Cuando Haber se hizo cargo del Instituto de Química-Física Kaiser Guillermo ya era un científico reputado, pues  había descubierto, mediante una sencilla reacción, una forma de sostener la base alimenticia de la mitad de la población mundial. Su cometido durante la Primera Guerra Mundial, sin embargo, fue muy diferente al de acabar con la inanición del populacho, más bien contribuyó a exterminarlo.

Se fijó en lo que hoy conocemos como el grupo 17 de la tabla periódica, la de los halógenos. Estos elementos tienen en su capa más externa siete electrones, es decir, están a solo uno de conseguir un estado del bienestar químico. Para ello suelen arrasar con lo que encuentran en su camino, incluidas nuestras células, buscando el electrón que les permita alcanzar la estabilidad.

El primero en usarse fue el bromo, pero tras varios intentos en el campo de batalla, los germanos no obtuvieron los resultados que esperaban. Entonces Haber dirigió sus esfuerzos al vecino de arriba, al cloro, más agresivo. Y al ser más pequeño, tiene más facilidad para atacar a las células. Las analogías que se emplean en el libro son brutales: «Si el gas bromo es una falange de soldados de a pie que atacan las membranas mucosas, el cloro es como un tanque de una guerra relámpago que, inmune a las defensas del cuerpo, arrasa con los senos nasales y los pulmones». El resultado, la muerte por asfixia; más concretamente, la muerte por asfixia de 5000 soldados franceses atrincherados en las inmediaciones de la ciudad de Ypres en lo que se considera el primer uso de armas químicas a gran escala. Fritz Haber no dudaba en trasladarse al mismísimo frente de batalla.


Haber dando instrucciones en el frente de batalla.


Para el bando prusiano se convirtió en un héroe, pero no le faltaron detractores. Entre ellos se encontraban su propia mujer, quien se suicidó tras descubrir a lo que su marido realmente se dedicaba, y Albert Einstein, pacifista declarado. El Premio Nobel lo recibió «cuando aún no se había disipado el polvo (o el gas) de la Primera Guerra Mundial», aunque fue por el proceso de producción de amoníaco a partir del nitrógeno atmosférico. Finalmente, Alemania perdió la guerra y Haber cayó en una desdicha tanto profesional como personal.

A partir de aquí empezó lo nuevo para mí. Dejamos a Haber y a los halógenos a un lado para centrarnos en otros elementos  como el molibdeno, el wolframio, el tantalio y el niobio. Las historias que rodean a estos metales giran en torno a cuestiones más políticas que científicas, pero igual de interesantes a pesar de los rodeos del autor.

Molibdeno y wolframio

El molibdeno fue también fuertemente demandado durante la Primera Guerra Mundial, en la que se requerían aceros más fuertes y resistentes para aplicaciones industriales y militares. Este elemento puede resistir altísimas temperaturas, ya que tiene una temperatura de fusión de 2600 ºC, miles de grados por encima del hierro, principal metal del acero. Por lo tanto, añadir un poco de molibdeno al acero proporcionó material militar más resistente y destructivo. Un ejemplo característico es el de los obuses de asedio Gran Berta, diseñados por las industrias alemanas Krupp.

El problema que encontraron los alemanes fue que no tenían minas de molibdeno suficientes para fabricar los Bertas. Su único suministro se encontraba en una mina de Colorado, es decir, en un país enemigo, Estados Unidos, aunque se hicieron con el control de la misma antes de que los americanos entraran en la contienda.


Cañones Gran Berta.


El wolframio (o tungsteno), por su parte, fue un material estratégico en el seno de la Segunda Guerra Mundial, siendo uno de los productos más codiciados. El 90% de las reservas de toda Europa se encontraban en Portugal, país neutral durante la contienda, pero cuyo dictador, Salazar, no dudó en aprovechar tal condición para negociar con ambos bandos. El wolframio es uno de los metales más duros conocidos y está situado justo debajo del molibdeno en la tabla periódica, por lo que, al tener más electrones, funde por encima de los 3400 ºC. Se utilizaba también como aditivo del acero en la fabricación de misiles.

Tantalio y niobio

El capítulo finaliza con el tantalio y el niobio y sus aplicaciones en la telefonía móvil al tratarse de elementos densos, resistentes al calor y a la corrosión y aguantan bien las cargas eléctricas. Ambos elementos se encuentran en el coltán, un mineral cuyas reservas se encuentran mayoritariamente en lo que conocemos hoy como la República Democrática del Congo (RDC), antes Zaire.

A mediados de la década de 1990 comenzó una guerra en dicho país para liberarse del yugo de un régimen dictatorial. Tuvieron ayuda de países vecinos como Ruanda o Burundi e incluso algunos países de la Unión Europea y Estados Unidos se implicaron, y finalmente lo que estalló fue una lucha de intereses por controlar los recursos. El negocio del coltán, lo que debería haber sido fuente de riqueza del país, se convirtió en algo beneficioso para los grupos armados que controlaban las minas y estalló una guerra que duró hasta 2003 con una balance de más de cinco millones de personas muertas, la mayor pérdida de vidas desde la segunda guerra mundial.

Reflexión final

Lamentablemente, la química está íntimamente ligada a los conflictos bélicos y a la pérdida de millones de vidas humanas de forma injustificada. También muchos avances científicos surgieron como consecuencia de guerras. Avances que todos aprovechamos en nuestro día a día, y es ahí donde podría surgir un conflicto desde el punto de vista moral. O no. Eso ya queda dentro de cada uno.

***
Entradas sobre Fritz Haber y la guerra química en Radical Barbatilo:
- Entre el genio y el genocidio: https://goo.gl/xb3Ner
- Una revisión de Genius: Einstein (Capítulo 7): https://goo.gl/3P8BMp



Esta entrada está alojada originalmente en el blog "Tertulias literarias de Ciencia" como parte del resumen del libro de divulgación científica "La cuchara menguante": https://tertuliasliterariasdeciencia.blogspot.com.es/2017/10/la-cuchara-menguante-5-los-elementos-de.html

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