viernes, 10 de noviembre de 2017

4) Trabajó en un cobertizo #MarieCurie150

El químico alemán Wilhelm Ostwald llegó a comentar: «Pedí con insistencia ver el laboratorio de los Curie, donde recientemente se había descubierto el radio. Aquello era una mezcla de establo y de sótano para almacenar patatas, y si no hubiera visto la mesa de trabajo con el material de química, habría pensado que se trataba de una broma.”

Efectivamente, lo que menos parecía el laboratorio de los Curie era un laboratorio. Se trataba de un cobertizo de la Escuela de Física de la Sorbona abandonado, que había servido como sala de disección para estudiantes de medicina tiempo atrás. Tenía un tejado de vidrio que no protegía totalmente de la lluvia; en verano, el calor era sofocante y en invierno, el frío penetraba con fiereza. No estaba preparado para equiparlo como un laboratorio químico, solo disponía de viejas mesas de madera y algunos quemadores de gas. Pierre y Marie usaban el cobertizo para hacer los análisis y las operaciones de purificación de pequeñas cantidades de mineral, mientras que el trabajo pesado y las operaciones que produjesen gases nocivos tenían que efectuarlo en el patio adyacente.



Muchas aventuras científicas del siglo XIX carecieron de la suficiente inyección económica y la mayoría de los investigadores tuvieron que librar las arduas batallas de laboratorios en condiciones precarias incluso para la época. El hecho de que la propia Marie Curie confesara abiertamente estas carencias a la hora de trabajar, ayudó a que se asentara su leyenda.


Este fue el laboratorio donde Marie Curie aisló el polonio y el radio (Fuente).


Sus investigaciones eran su vida. Existen notas suyas que muestran que permanecía en su laboratorio hasta horas muy avanzadas. Y es que hubo un factor importante que les impedía purificar con fluidez los nuevos elementos descubiertos: las pérdidas de muestra en los inevitables accidentes durante las manipulaciones hacían que dispusieran de poco material.

Su trabajo pronto se parecería a trabajos forzados. La primera fase de la purificación no requería equipos sofisticados. A partir de toneladas de pechblenda, Marie seleccionaba lotes de unos veinte kilogramos, cada uno de los cuales machacaba, disolvía, filtraba, precipitaba, recogía, volvía a disolver, cristalizaba, volvía a cristalizar… Y una vez obtenía una cantidad suficiente de la sustancia que buscaba, vuelta a empezar con otro cargamento de veinte kilos y repetía las mismas operaciones. El accidente más tonto podía enviar al traste semanas meses de trabajo paciente y obstinado.

Para cualquier persona, no solo para una mujer, era un trabajo extenuante. Además de transportar los grandes sacos, trasvasar su contenido a grandes recipientes, tenía que utilizar una barra de hierro casi tan grande como ella y pasar todo el día removiendo un líquido en ebullición. «Por la noche estaba rota de cansancio», llegó a escribir a su hermana en una de sus cartas.


Detrás del aislamiento del polonio y el radio hubo varios años de trabajos forzados (Fuente).


Según se pudo comprobar, Marie Curie no tuvo rivales en el campo de la radiactividad,  y es fácil saber por qué. En primer lugar, ella había puesto sus miras en un trabajo extremadamente arduo y fatigoso; y en segundo lugar, eran pocos los que le daban a sus investigaciones la suficiente importancia como para consagrarse durante horas con tanto fervor como ella a esa especie de trabajos forzados.

A pesar de su aislamiento consciente del resto del mundo, con los años recordaba las horas pasadas en aquel miserable cobertizo como «los mejores y más felices años de nuestra vida […] jamás seré capaz de expresar la alegría que me producía la calma de esa atmósfera de investigación y la excitación de los progresos reales acompañada de la confiada esperanza en resultados aún mejores.”



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